El cielo nocturno de Chile es uno de los más limpios y estables del planeta, condición que lo ha posicionado como capital mundial de la astronomía. Sin embargo, enfrenta la creciente amenaza de la contaminación lumínica.
Chile es uno de los pocos lugares en el mundo donde aún es posible observar el Universo en toda su magnitud. El desierto de Atacama, con su atmósfera estable y prácticamente libre de nubes, lo convierte en un laboratorio natural único para la astronomía. Sin embargo, este cielo privilegiado enfrenta una amenaza creciente: la contaminación lumínica.
Frente a este desafío, la comunidad astronómica ha asumido un rol clave. La Sociedad Chilena de Astronomía (SOCHIAS), junto con observatorios y universidades, ha trabajado de manera activa para visibilizar el problema y promover regulaciones que limiten la emisión de luz artificial en ciudades cercanas a los centros de observación astronómica.
SOCHIAS cuenta con un grupo de trabajo para la Contaminación Lumínica, que se creó en agosto de 2019, con la finalidad de atacar la problemática de la contaminación lumínica nacional a distintas frecuencias para proteger el futuro de la astronomía chilena.
Eduardo Unda-Sanzana, director del Centro de Astronomía (CITEVA) de la Universidad de Antofagasta y quien anteriormente fue coordinador de este grupo de trabajo, destacó que la conformación de este equipo ha permitido ordenar la comunicación entre SOCHIAS y las distintas entidades involucradas. Además, señaló que ha optimizado los esfuerzos de la comunidad astronómica, convirtiéndose en un espacio clave. Sin embargo, recalcó que aún existen desafíos, como alcanzar una mayor articulación y estabilidad, “pues estamos protegiendo algo que pertenece a todos”.
A esto se suma el Decreto Supremo N°1 de 2022, del Ministerio del Medio Ambiente, que regula la contaminación lumínica y protege las Áreas de Protección Especial (APE), incluyendo las Áreas Astronómicas y las Áreas de Protección de Biodiversidad, con el fin de controlar la contaminación lumínica y proteger la calidad del cielo nocturno y la biodiversidad. Sin embargo, como explicó Unda-Sanzana, se trata de una norma primaria, es decir, establece restricciones a las luminarias, pero no garantiza aún la protección integral de los cielos oscuros de Chile, lo que requiere avanzar en la creación de una norma secundaria.
“La existencia de la norma lumínica permite orientar la toma de decisiones por parte de autoridades a distintos niveles, gradualmente vamos a estar viendo que las autoridades de todo Chile van a tener algún grado de preocupación por esto, porque las restricciones son mayores en las áreas astronómicas”, puntualizó.
Integrantes de este grupo participaron en las discusiones sobre la Ley 21.162, que modificó la Ley Nº 19.300 sobre Bases Generales del Medio Ambiente, exigiendo estudios de impacto ambiental en proyectos que puedan generar contaminación lumínica en zonas específicas conocidas como “áreas astronómicas”.
El astrónomo recordó que la introducción de estas áreas fue uno de los principales logros de la comunidad científica: “Yo considero que haber sacado adelante ese decreto fue una de las principales innovaciones de la comunidad astronómica chilena. Persuadimos a las autoridades nacionales de modificar una ley difícil de tocar, la Ley 19.300 sobre Medio Ambiente, e incorporar la contaminación lumínica como un contaminante formal. Eso no existía hasta el año 2019”.
En este marco, las Áreas Astronómicas quedaron definidas como territorios donde se exige un estudio de impacto ambiental antes de autorizar cualquier proyecto que pueda alterar las condiciones del cielo.
“Hay que precisar que son dos avances legales distintos, aunque complementarios”, explicó Unda-Sanzana. «Mientras el decreto de áreas astronómicas obliga a evaluar proyectos, la norma establece especificaciones respecto a lo que deben cumplir las fuentes contaminantes: regula el ángulo de la luz, el color, los horarios en que puede estar encendida. Son normas de emisión que limitan directamente lo que el emisor puede o no puede hacer”, precisó.
En definitiva, la nueva normativa amplía la protección de los cielos oscuros de Chile a través de una doble vía: la evaluación ambiental y la regulación de las fuentes de contaminación lumínica.
Otro de los desafíos pendientes a juicio de Eduardo Unda Sanzana es el ordenamiento territorial, contar con un plan regional de ordenamiento, que proteja los territorios cercanos a los observatorios.
Gracias a la participación de representantes de SOCHIAS en instancias de toma de decisiones a nivel de gobierno, se ha logrado incidir en la creación de normativas que buscan resguardar este recurso natural y científico. En palabras de la propia comunidad, el cielo oscuro no solo es un bien natural chileno, sino también un patrimonio de la humanidad que debe ser protegido.
Chile comparte esta responsabilidad con otros pocos lugares del mundo aptos para la astronomía profesional, como Hawái, las Islas Canarias o el norte de África. De ahí la importancia de que el país mantenga un liderazgo en la defensa del cielo nocturno, entendiendo que su preservación garantiza tanto el avance científico como la herencia cultural para las futuras generaciones.